Carritos y apoyo mutuo. Herramientas de construcción masiva

Acto de protesta en Donostia convocado por KAS. Foto: argia.eus

Hace años se empezó a trabajar en Baladre el camino de lo que hemos llamado Qué comen las que malcomen, un proceso participativo con grupos de personas en situaciones precarias de todo el Estado, preguntando(nos) qué comemos y cómo queremos alimentarnos.

En el 2020 la pandemia nos apremió a compartir nuestras reflexiones y en el 2022 hicimos una radiografía de la situación en la Comunidad Autónoma Vasca. Miramos la situación de bancos de alimentos y despensas solidarias, escuchamos voces de quienes hacen cola a diario para recibir productos comestibles (no los llamemos alimentos), hablamos también con las administraciones y con entidades como Cruz Roja o Cáritas y con personas presas para conocer cómo se alimentaba en las cárceles. Todas ellas nos daban una conclusión clara: el derecho a la alimentación y nutrición adecuada brilla por su ausencia. A lo máximo que se llegaba era a premiar el asistencialismo y las heroicidades de las personas voluntarias o solidarias con buena voluntad pero sin un enfoque de derechos. Hace dos años que hicimos esa radiografía que marcaba una tendencia clara (y no lenta) hacia la privatización y el condicionamiento del acceso a alimento por parte de las personas en situación de vulnerabilidad. Un paso más en el laberinto diario de la supervivencia. Y en solo dos años nos hemos quedado ya muy obsoletas.

El hambre se hace cada vez más visible, no solo en Euskal Herria, también en todo el Estado. Y eso para quien se autonombra como abanderado del bienestar social, no está bonito. Iniciativas como las cenas solidarias (KAS) que se reparten en la calle en ciudades como Donostia ponen en evidencia una realidad que a la clase política no le gusta ver cerca. El capitalismo les explota en la cara y para eso la respuesta históricamente siempre ha sido la misma, cuando se ven las costuras, criminaliza y persigue, todo esto compostado con un halo de extrema derecha que hace que se pierdan las vergüenzas y que eso que llaman la ventana de Oberton, no solo se abra, sino que estalle por los aires. Los derechos ya no entran en la conversación, solo se habla de cifras y delincuencia. Quienes hace poco eran voluntarias aclamadas por las instituciones, han salido de rincones y lugares menos visibles y hoy son consideradas delincuentes. Viejas recetas ya conocidas por todos, todas y todes y que se están aplicando en distintas versiones, de Donostia a Ceuta. En una identificando a quienes van con sus carritos repartiendo comida, en otra directamente obstaculizando la entrada de comida para las personas migrantes que han conseguido sobrevivir, de momento, a su entrada en Ceuta. Aplicaciones más locales de la versión genocida que ya conocemos en Gaza. Lo dicho, vimos venir la falta de derechos, pero no la rapidez con la que un bocadillo iba a considerarse un arma peligrosa.

En el año 2013 «nutricidio» fue definido por el autor Llaila O. Afrika en su obra “Nutricide: The nutricional destruction of the black race” este texto, analiza el «nutricidio» como un proceso sistemático de destrucción de las poblaciones negras mediante la manipulación de condiciones que conducen al deterioro de la salud física y mental a través de la alimentación, limitando de múltiples formas el acceso a la posibilidad de alimentación sana. Este concepto aplicado a las comunidades periféricas describiría buena parte de lo que está sucediendo. Una herramienta, construida desde un racismo estructural, necesario para el sostén de la desigualdad y a su vez del capitalismo y que no se limita únicamente a lo vinculado con la alimentación y nutrición sino a todos los derechos básicos. De esta forma consigue situar a muchas personas en lo que en Baladre llamamos la “no vida”.

En lo que no nos quedamos cortas cuando hicimos nuestra foto hace dos años fue en visibilizar que, a pesar de la persecución, las dificultades, la desesperanza que nos rodea, sigue habiendo colectivos que trabajamos desde el apoyo mutuo y que seguimos cada día, visibilizando y denunciando las injusticias y también generando redes y propuestas que puedan sostenernos. Desde la periferia, sí, como casi siempre. Hasta ahora nos sabíamos personas consideradas no aptas desde el sistema capitalista, hoy directamente ya parecen situarnos abiertamente como enemigas peligrosas. Pues bien, consideremos nosotras entonces el carrito de la compra y el apoyo mutuo como herramientas (que no armas) de construcción masiva.

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