Las exiliadas del neoliberalismo

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imagendesinformemonos.org. Alicia Alonso Merino.- En el año 2005, el movimiento feminista Mujeres Creando, de Bolivia, lanzó un documental titulado “Las exiliadas del neoliberalismo”, donde reivindicaban como sujeto social a las bolivianas que migraban a Europa expulsadas de su país por las políticas neoliberales.

Unas políticas generadoras de endeudamiento y empobrecimiento, que profundizaban las desigualdades y que desterraban de su tierra a miles de mujeres, para mantener los derechos de otras mujeres en las sociedades capitalistas coloniales. Pese a su importante papel en el mantenimiento de las familias patriarcales europeas, eran consideradas de segunda clase, y sus derechos eran limitados y dificultados.

Aunque el documental no hiciera referencia a ellas, existe otro grupo de exiliadas del neoliberalismo que no son consideradas de segunda clase, sino de tercera. Son aquellas cuyo proyecto migratorio de expulsión se vio cercenado por las políticas del populismo punitivista penal y por una selectividad policial racista y homófoba. Son aquellas sobrerrepresentadas en las prisiones de la vieja Europa, como en Austria, por ejemplo, donde las mujeres extranjeras encarceladas son un 40% del total de la población femenina presa; o en Italia, que son un 36%; o un 32%, en el estado español. Son aquellas expulsadas por las precariedades de su países y condenadas por delitos vinculados con el transporte a pequeña escala de drogas ilegalizadas o con hurtos y robos vinculados con la sobrevivencia. Son las nadie de los nadie, las sin derechos.

Como Miguelina, que salió exiliada de Bolivia para pagar la deuda contraída por microcréditos de su madre, cabeza de familia, gravemente enferma y limitada para trabajar. Llegó a Italia sin papeles, pero con el tiempo consiguió regularizar su situación a través de una visa humanitaria. Esa situación no duró en el tiempo, ya que el gobierno de extrema derecha de Salvini le arrebató esa visa hace unos años. Entró en una relación con una pareja que la dejó como herencia la adicción a las drogas y el apellido a un hijo, que le quitaron nada más nacer. Entró en prisión a cumplir una condena por robo, estando en situación de calle. Hoy en día en la cárcel, se enfrenta a una gran depresión y soledad, aferrándose a una maternidad despojada como salvavidas emocional.

Como Fernanda, mujer trans exiliada por el neoliberalismo y la homofobia en Brasil, país que entre los tristes records mundiales que ostenta está el de asesinatos a personas transgénero, transexuales y travestis. Cuando llegó a Italia se encontró con la precariedad que la sociedad patriarcal les destina a personas como ella: dificultades para encontrar empleo, fragilidad de los recursos sociales, abusos y violencia sexual. Condenada a prostituirse, fue sentenciada por robo y agresión al intentar cobrar de un cliente que disfrutó de sus servicios y huyó sin pagar. Hoy en día, en la cárcel, comparte sección con otras 14 reclusas trans, la mayoría también de Brasil. Encerrada en el encierro, en una minúscula galería, ve pasar los días sin poder acceder a las pocas actividades que la prisión ofrece, sin ser visitada o recibir un paquete con ropas, vestidos, zapatos o maquillaje de su preferencia.

Como Johana, exiliada de Colombia, donde en la búsqueda desesperada de un trabajo para mantener a su hija, tras el abandono del padre, fue contactada por un “empleador” que la ofrecía dinero rápido a cambio de un viaje de pocos días a Europa. Cuando fue consciente de lo que tenía que trasportar, no pudo echarse atrás por las amenazas que le hicieron sobre su familia. Al llegar al aeropuerto de Madrid, con el estómago cargado de pequeños huevos blancos, fue interceptada por la policía. De allí fue conducida a la cárcel, único lugar de la geografía española que conoce después de cinco años en el país. Pasó a formar parte del último eslabón y más precario de la cadena del tráfico de drogas ilegalizadas, cuya mano de obra es altamente descartable y reemplazable, con una incidencia nula en la cadena de la comercialización. Cuando fue detenida, al día siguiente ya había otra realizando su mismo trabajo.

Como Fátima, exiliada por el neoliberalismo desde Marruecos, después de contraer un matrimonio concertado por su familia. Pasó años encerrada en su casa sufriendo la violencia y el desprecio por parte de su marido. Cuando esta violencia empezó a afectar a sus hijas, decidió salir del “infierno” provocando otro. Adormentó a su pareja y prendió fuego a la casa en que habitaban. El androcéntrico derecho penal español no reconoció su defensa como legítima, ni el estado de necesidad, pensados para modelos masculinos. Tampoco se le dio credibilidad a su papel de víctima, pues no correspondía con el estereotipo que se tiene de las mismas. Al día de hoy, continúa cumpliendo una larga condena, alargada por el racismo institucional, ansiando el día de poder reencontrarse con sus hijas.

Como Patricia, Gloria, Yocelyn, Gladys y un largo etcétera que pueblan de forma transitoria las cárceles de las metrópolis neocoloniales. Condenadas por sus intentos de autonomía económica y movilidad. Dónde ven empobrecerse y desperdiciar sus vidas. De donde un día, serán escupidas a la calle sin sueños ni perspectivas. Damnificadas de la guerra contra las mujeres, de la que Rita Segato habla, que ha convertido sus cuerpos en ofrendas a un capitalismo patriarcal exacerbado.

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