Declaración por un sistema alimentario basado en la agroecología y la soberanía alimentaria

Solapas principales

ilustraciónEsta declaración tiene varios objetivos. En primer lugar, ampliar y profundizar en el debate rural, agrario y alimentario para explicitar la raíz del problema: el sistema capitalista. Por otro lado, es necesario dimensionar la cantidad de colectivos y personas que compartimos lo que se expresa a continuación.

Ante la confusión, la apropiación de términos y las falsas soluciones, es importante dejar claro qué fundamentos políticos son inamovibles. Por último, nos mueve el convencimiento de que esta declaración impulsará nuevas iniciativas de articulación hacia un nuevo sistema alimentario. Está redactada según el contexto del Estado español, pero puede usarse libremente y adaptarse a otros territorios. Las adhesiones internacionales en forma de apoyo solidario son bienvenidas.

Quienes suscribimos esta declaración nos consideramos ciudadanía informada, consciente, crítica y comprometida, vinculada de diversas maneras con la ruralidad y la alimentación.

Nos preocupa la situación actual y mirar hacia delante en un contexto de incertidumbre ante un modelo alimentario con cada vez menos gente en el campo y totalmente dependiente de insumos externos y energías limitadas, diseñado con parámetros de acumulación de beneficio y no para ofrecer alimentos saludables a toda la población ni para mantener nuestro mundo rural vivo.

También nos preocupa el debate sesgado que existe y, por ello, nos parece obligatorio aportar elementos que son centrales para conseguir lo que cualquier sociedad anhela: preservar el entorno del que formamos parte y garantizar una vida digna para todos los seres vivos que lo habitamos.

DENUNCIAMOS QUE:

Las políticas neoliberales son responsables de la situación del sector primario. El abandono de granjas y fincas ha desestructurado las economías locales y el tejido social rural; gran parte de las personas agricultoras y ganaderas que mantienen su actividad lo hacen de acuerdo con un modelo que les permite muy poca autonomía y capacidad de decisión.

Este sistema alimentario capitalista genera violencia sobre las personas. Sus empresas se aprovechan de la población vulnerabilizada para emplearla en condiciones precarias, como vemos en invernaderos o mataderos; la banca engrosa sus beneficios con el creciente endeudamiento de la agricultura y la ganadería familiar; las políticas comerciales permiten que las grandes superficies paguen por debajo de los costes de producción a granjas y fincas de pequeña escala.

Como otros sistemas de producción contemporáneos, el sistema alimentario está fundamentado en el dominio y sometimiento de la naturaleza. La producción industrial de carne es un ejemplo de ello por el maltrato animal y los impactos ambientales y sociales que provoca en nuestro medio rural, pero también por toda su cadena productiva, basada en el abuso de combustibles fósiles y en el expolio y acaparamiento de tierras en el sur global destinadas a la producción de cereales para el pienso.

Este dominio y esta explotación se ejercen a escala global sin tener en cuenta los límites de los recursos y materiales existentes, proyectando un crecimiento lineal que, en un planeta delimitado y finito, es ficticio. Ya lo estamos viendo cuando la escasez de materias primas hace que suban los precios de los fertilizantes y, por tanto, de los alimentos; en la pérdida de la fertilidad de la tierra a fuerza de explotarla año tras año con cultivos de producción intensiva o en la contaminación y el agotamiento de acuíferos en muchas de las zonas de cultivos para exportación.

Mantener estas dinámicas genera sufrimiento en territorios periféricos, las llamadas zonas de sacrificio, consecuencia de condiciones de vida precarias, desplazamientos de población y migraciones, ruptura de redes comunitarias y pérdida de identidad y de saberes arraigados a la tierra.

Esto no solo sucede en países del sur, también en nuestros pueblos. Los procesos de pérdida de población rural tienen que ver con el sistema económico y alimentario, y es fundamental tenerlo presente cuando trabajemos para frenarlos. No es aceptable la repoblación a cualquier precio, se trata de cuidar el territorio respetando su identidad y su memoria, conscientes de que en los pueblos residen muchas claves para afrontar un futuro poscapitalista.

La mayoría de las propuestas de los diferentes gobiernos y de la administración frente a la emergencia climática en el ámbito alimentario no suponen cambios sustanciales y solo son formas encubiertas de perpetuar privilegios bajo la etiqueta de «sostenible». Dejemos de idealizar las soluciones tecnológicas. No solo se trata de alimentos sanos que no contaminen, se trata de redistribuir la riqueza y de generar autonomía, comunidad y vidas dignas cuidando la tierra.

A su vez, algunas organizaciones agrarias y sindicatos del sector parecen más preocupados por mantener sus estructuras que por velar por el porvenir de sus afiliados y afiliadas. Sorprende verlos junto a la patronal, insistiendo en las mismas dinámicas productivistas que han llevado al campo a la situación actual, cuando deberían exigir firmemente una transición en el marco de la agroecología que ofrezca seguridad al campesinado que persiste y al que está por llegar.

Por último, el contexto actual, en parte producido por todo lo anterior, hace que proliferen movimientos de extrema derecha con tendencias ideológicas totalitarias que reivindican una idea de la ruralidad homogeneizante, basada en actitudes como la intolerancia y el supremacismo, y que mantiene estereotipos dañinos y limitantes para el rural.

DECLARAMOS QUE:

Es ingente la cantidad de pruebas, estudios y testimonios de todo el sufrimiento que las sociedades capitalistas hemos provocado en las últimas décadas. Se han generado dinámicas que han llevado a que, hoy en día, decisiones que tienen consecuencias directas sobre nuestras vidas dependan más de una élite dominante y enriquecida que de la voluntad popular.

No es posible la convivencia de modelos productivos antagónicos. Es necesario un compromiso político decidido de los gobiernos y la administración pública que progresivamente haga de la agroecología el modelo hegemónico, facilitando y acompañando la reconversión en los ámbitos productivos, normativos, formativos, de comercialización o de compra pública.

Manifestamos más que nunca nuestro convencimiento de que es posible y urgente construir un nuevo sistema alimentario basado en los fundamentos de la agroecología campesina, la soberanía alimentaria y la economía solidaria, cooperativa y feminista, en una sociedad que rechace el odio y acoja el diálogo y las diversidades.

De hecho, muchas de nosotras ya lo construimos a diario, desde nuestro ámbito profesional, personal o activista, y seguiremos haciéndolo con más convencimiento que nunca, con o sin el apoyo de nuestros gobiernos y administraciones públicas, generando redes y aprendizajes compartidos. Somos conscientes, no obstante, de todo lo que nos queda por deconstruir en lo personal y en lo colectivo, en nuestras propias mentalidades, fruto de la sociedad en la que nos hemos educado.

El rural sigue enfrentándose a diferentes amenazas, desde los megaproyectos energéticos o ganaderos hasta la gentrificación, pero también a discursos que se arrogan su defensa con la intención de preservar privilegios individuales, excluyentes y corporativos.

Sabemos que formamos parte de una masa crítica global que constituye hoy en día una grieta de esperanza ante el desastre de la sociedad capitalista. El cambio de rumbo puede comenzar desde la alimentación, el sector primario y el mundo rural.

Adherirse a esta declaración.

Etiquetas: