Cuando la pobreza se convierte en un problema de orden público

Pintada(Publicado originalmente en número 171 de la revista Carrer de la Federación de Asociaciones Vecinales de Barcelona)

albertsales.wordpress.com. Albert Sales Campos.- Barcelona ha visto crecer en los últimos años el número de personas que duermen en la calle. Los recuentos realizados por entidades sociales y el Ayuntamiento muestran una evolución preocupante: entre 2011 y 2014 se localizaban unas 700 personas en una noche; entre 2015 y 2021, la cifra se estabilizó en torno a las 950; y el último informe de la Red de Atención a las Personas Sin Hogar, publicado en 2024, contabilizaba 1.245.

A finales de 2025, casi 1.800 personas duermen a la intemperie en la ciudad. El incremento reciente es muy notable y hace aún más visible esta forma extrema de exclusión social y residencial. En paralelo, la capacidad de acogida no ha disminuido. Entre 2015 y 2021, las plazas en albergues y centros residenciales pasaron de unas 1.500 a más de 2.800, que se mantienen hoy. Aun así, la realidad es tozuda: más camas no han frenado el crecimiento del sinhogarismo.

Barcelona no es un caso especial. Según el informe Overview of Housing Exclusion in Europe, al menos 895.000 personas duermen en las calles de la Unión Europea cualquier noche, un 30% más que en 2015. Francia ha pasado de 143.000 personas sin hogar en 2012 a más de 330.000 en 2023; Alemania contabiliza 260.000; e Irlanda ha multiplicado por cuatro el número de personas alojadas en servicios de emergencia desde 2014 -de 3.000 a más de 12.400-. En todo el continente, albergues y centros residenciales se llenan, familias son alojadas en pensiones y hoteles, y se multiplican los programas para ofrecer apoyo social.

La creciente visibilidad de las personas sin techo ha provocado una presencia cada vez mayor de esta problemática en la agenda política y mediática. Las piezas informativas, las intervenciones de los representantes políticos en plenos y comisiones del Ayuntamiento, y las expresiones de preocupación del vecindario oscilan entre la compasión y el rechazo. Por un lado, los discursos más compasivos suelen exigir respuestas inmediatas como la apertura de albergues o espacios de refugio. Por el otro, los discursos de rechazo se centran en las molestias y presentan a las personas en situación de calle como una amenaza para la convivencia, la higiene o la seguridad.

Ambas perspectivas conviven y están condicionadas por experiencias de vecinos y vecinas, pero también influyen un clima político y mediático que en los últimos años se ha transformado. En poco tiempo, la asociación entre sinhogarismo, suciedad, desorden y delincuencia ha ganado terreno. La centralidad del debate sobre la calidad del espacio público en las últimas elecciones municipales no ayudó a distinguir las causas y las consecuencias de cada problemática, y las campañas electorales de los partidos y los debates en los que se identificaba una amalgama de problemas y molestias con una supuesta deriva de la ciudad hacia la permisividad, el desorden y la inseguridad contribuyeron a reforzar una visión criminalizadora de la pobreza y a convertirla en una cuestión de orden público.

La compasión o la empatía no son incompatibles con la incomodidad o la queja por molestias como la suciedad o el ruido. Pero el crecimiento de los discursos aporófobos y racistas genera una falsa sensación de polarización. Explicar las causas estructurales del sinhogarismo no negar la complejidad de gestionar situaciones de conflicto en la calle o en los espacios ocupados por personas sin techo que no tienen alternativa. Pero quien capta votos entre el descontento y la indignación obtiene notoriedad y réditos electorales al hacer pasar los casos particulares por la norma general, recuperando y actualizando imágenes estereotipadas del pasado.

Los primeros estudios sobre las personas sin techo y sin hogar en Estados Unidos y en Europa contribuyeron a describir un objeto de análisis y de intervención social con necesidades propias y características asociadas a estilos de vida desviados o marginales. Este estereotipo cumple dos funciones esenciales: por un lado, permite a la ciudadanía con una vida normalizada mantener la certeza de que, por mal que vayan las cosas, nadie es víctima de las formas más extremas de pobreza urbana si no tiene vinculación con vicios, comportamientos desviados o una genérica mala vida. Por otro, la culpabilización de la víctima resulta siempre un recurso eficaz para romper vínculos morales. Nadie puede responsabilizarse de la suerte de alguien que se ha labrado su mala situación y, si lo hace, la motivación es la lástima.

Recuperar estos mecanismos de desresponsabilización es especialmente útil para quien quiere obtener rédito electoral de la sensación de impotencia y del miedo. Las causas de la exclusión residencial sobrepasan los límites de las ciudades: la crisis de asequibilidad de la vivienda, las carencias del sistema de garantía de rentas y de la protección social o los riesgos de exclusión social que afectan a la población migrante requieren políticas de ámbito estatal o europeo. Mientras tanto, criticar unos servicios desbordados por su ineficacia, problematizar que la mayoría de las personas usuarias sin hogar y usuarias de los servicios sean extranjeras y mezclar sinhogarismo con suciedad, ruido y delincuencia en los plenos municipales ofrece una gran oportunidad para proponer soluciones simples a la vez que racistas y aporófobas: cargar contra la población migrante y calcar los programas de la extrema derecha europea y norteamericana, reducir los recursos para combatir la exclusión y mantener un control férreo sobre un espacio público destinado a ser el escenario de las vacaciones de media Europa.

En este contexto, es urgente plantear algunas ideas para hacer frente a este giro discursivo. Primero, hay que superar la identificación entre sinhogarismo y situación de marginalidad y exclusión social extrema. Cuando el debate se centra solo en la calle se obvia el hecho de que la exclusión residencial que se manifiesta en la vía pública es solo una pequeña parte de una realidad mucho más amplia. Nadie sabe con certeza cuántas personas viven de manera permanente en la ciudad sin contar con un domicilio. Cada vez más gente malvive en infraviviendas, se aloja en habitaciones de alquiler, reside durante años en pisos sobreocupados… Todo ello ocurre puertas adentro de los inmuebles y tiene una conexión directa con lo que sucede fuera, porque alternar entre distintas situaciones de exclusión residencial es habitual y las líneas divisorias entre quedarse sin vivienda y quedarse sin un techo donde refugiarse se han ido difuminando. Una visión más amplia contribuye a identificar que aquellos factores que hacen crecer el sinhogarismo visible también incrementan otras formas de exclusión residencial y destruyen los barrios expulsando a su vecindario.

También es necesario dimensionar el impacto sin negarlo. El discurso aporófobo toma la parte por el todo. Ciertamente, hay personas que viven en la calle que generan molestias, gestionan sus adicciones con impacto sobre el vecindario o delinquen. Pero la mayor parte de las 1.800 personas que dormirán esta noche a la intemperie en Barcelona pasan el día totalmente desapercibidas. De hecho, lejos del tópico que dice que las personas sin techo son las invisibles de nuestras ciudades, dormir y vivir en la calle expone a una gran visibilidad y a una enorme falta de intimidad, y quien tiene que padecer esta situación busca, como haría cualquier otra persona, anonimato y no llamar la atención.

El papel de las migraciones

Es necesario identificar los riesgos de exclusión a los que está sometida la población migrante y visibilizar el papel de las migraciones transnacionales. Más del 80% de las personas en situación de calle en Barcelona son de nacionalidad extranjera, pero también es cierto que un tercio de la población de la ciudad, más de medio millón de personas, ha nacido en el extranjero, y que la inmensa mayoría nunca ha necesitado servicios sociales ni alojamiento de emergencia. De hecho, las migraciones transnacionales son el motor demográfico y económico de la ciudad. La población de origen extranjero supone el 60% de la fuerza laboral dedicada a los cuidados y el 40% de los trabajadores y trabajadoras de la hostelería. Al mismo tiempo, el 70% del vecindario nacido en el extranjero es inquilino y paga un alquiler para vivir, lo que supone una transferencia importante de rentas hacia propietarios de la ciudad.

También es necesario explicar mejor la misión y los resultados de los servicios sociales y de la actividad de las entidades. El crecimiento significativo del problema, en paralelo al aumento de recursos, puede verse como un indicador de fracaso. Sin embargo, la evolución de las cifras no explica que los servicios que ofrecen apoyo social, laboral y legal, que proporcionan alojamiento en momentos de crisis o que acompañan la estabilización residencial de quienes han perdido la vivienda, consigan que miles de personas reconstruyan su vida cada año.

Es preciso no mezclar problemas ni proyectar prejuicios. La suciedad se resuelve ensuciando menos o limpiando más; la convivencia, cuidando las redes de relación, promoviendo un uso compartido de los espacios y reduciendo las desigualdades; y la exclusión residencial se combate con políticas de vivienda asequible, apoyo social y prevención.

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