‘El Colapso’: diana perfecta en el anillo equivocado

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Fotograma de ‘El Colapso’ (Filmin).climatica.lamarea.com. Andreu Escrivà.- «El gran peligro del colapso no es lo que pasará, sino lo que no pasará. Lo que dejará de ser posible si persistimos en devorar el planeta con la mandíbula de acero de la economía neoliberal», a propósito de la serie ‘El Colapso’ (Filmin).

Empecé a ver El Colapso (L’effondrement, en Filmin) con una extraña ilusión, la que siempre recorre el cuerpo antes de enfrentarnos a cualquier forma de arte que sabemos que nos perturbará. Que no será amable, ni buscará la belleza por el placer de hacerlo. Que será algo que, con suerte, nos ahogará como un trozo de pan mojado parado a mitad del esófago. Sin embargo, cuando la terminé al cabo de un par de días –son ocho capítulos de poco más de veinte minutos cada uno–, el desasosiego no venía tanto de la propuesta artística como del estupor de observar cómo seguimos sin saber dibujar un colapso civilizatorio creíble.

Pese a que el motivo inicial por el cual se desencadenan los sucesos no queda claro en un principio –y no pasa nada por ello, como en tantas obras de ciencia ficción–, lo que sí requiere una historia como la de El colapso es coherencia interna, algo de lo que carece. Son escenas –magníficamente rodadas, trepidantes– que presentan historias humanas despojadas de artificios o reflexiones grandilocuentes. Pero a pesar de ello, y de un envoltorio formal sobresaliente, cae en los mismos tópicos que cualquier superproducción de Hollywood con guion veraniego, desde el primer hasta el último capítulo.

El padre que al final hace lo que sea por sus hijas, los abnegados trabajadores que se sacrifican por el resto, los ricos que tratan de escapar caiga quien caiga. Y muy especialmente el del científico que advierte premonitoriamente del desastre sin que nadie le haga caso. ¿Cuántas veces lo hemos visto en el cine? Incontables. Sí, es cierto: aquí el científico en cuestión expone de forma muy convincente lo que luego se tornará una realidad que atropellará a los protagonistas: el rebasamiento de los límites planetarios y el desmoronamiento de la sociedad occidental tal y como la conocemos. Pero el enfrentamiento con la ministra (que representa al poder, en un sentido económico, político y también académico) es maniqueo y previsible, a pesar de la verosimilitud del plató y unas actuaciones excepcionales. Como de hecho lo es toda la serie, porque resulta extremadamente sencillo predecir qué va a pasar, qué mensajes se van a dar, quién vive y quién muere.

Pero volvamos al científico, porque ahí radica la sorprendente vacuidad de la propuesta. La escena se nos presenta como si hubiese sucedido siete días antes de que en los supermercados empiece a escasear comida, diez días antes de que la gasolina se agote en los surtidores, un mes antes de que haya aldeas autogestionadas y muy organizadas en mitad de la campiña francesa. La impresión que se lleva el espectador no puede ser otra que percibir el colapso como un suceso concreto y perfectamente delimitado en el tiempo. Un antes y un después, más radical aún que el que hemos vivido con el coronavirus. Y no, no lo es.

Las historias de supervivencia post-catástrofe, tan del gusto del cine estadounidense, suelen basarse en una huida, hundimiento o reconstrucción a partir de un evento concreto: una pandemia (con o sin zombis), una guerra (alienígena o humana) o una catástrofe natural (el sol se apaga, el núcleo se para, un volcán descomunal entra en erupción), entre otras. Si el colapso quería plantear, como así parece, la cuestión de la implosión civilizatoria que se avecina en caso de no frenar drásticamente el consumo de recursos naturales, fracasa en su empeño. Porque este colapso, tan real que casi podemos tocarlo con la punta de los dedos, no lo veremos de un día para otro. En treinta días no pasaremos de nuestra vida normal a luchar por un bote de alubias en mitad de Guadalajara, ni se acabará la gasolina de un día para otro y acabaremos pegándonos tiros entre surtidores.

El peligro del colapso ecológico y energético es que no lo veremos hasta que no estemos inmersos de lleno en él. Que sus dinámicas, pese a ser rápidas desde un punto de vista histórico (¿qué son treinta años en la historia humana?) son tremendamente lentas si las inscribimos en una vida humana. Que los límites planetarios de los que habla el científico no son un límite que se cruza en veinticuatro horas y nos precipite al vacío, sino un lento naufragio que puede llevarnos a lo más profundo del mar, aunque tengamos a mano los botes salvavidas.

El gran peligro del colapso no es lo que pasará, sino lo que no pasará. Lo que dejará de ser posible si persistimos en devorar el planeta con la mandíbula de acero de la economía neoliberal, capaz de actuar como si no viviésemos en un planeta finito, sino en una cornucopia de recursos y energía capaces de materializarse mágicamente de la nada.

El Colapso es un ejercicio cinematográfico fabuloso, que vale mucho la pena ver. Eso sí: seguiré esperando otra serie sobre el colapso, esta sin mayúscula. Lo único que espero es que no sea un documental.

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