Errekaleor desde América Latina

Solapas principales

fotoRaúl Zibechi, Periodista. naiz.eus.- Los poderosos no pueden tolerar la territorialización de los movimientos populares. Porque esos espacios se convierten, las más de las veces, en territorios en resistencia donde nacen y se expanden iniciativas de autogestión colectiva de la vida cotidiana. Este es el punto: movimientos sociales que consiguen arraigo territorial y reproducen la vida por fuera de los marcos del Estado y del mercado. Es lo que en América Latina denominados «mundos otros» no capitalistas.

Caminar entre los bloques blancos de Errekaleor, en la periferia de Gasteiz, es conectarse con un sentimiento que remite a las periferias latinoamericanas, pero también a los viejos barrios obreros (como la Margen Izquierda de la ría bilbaína) donde nació una cultura obrera y nacionalista que hundió al régimen franquista. Se trataba de espacios auto-controlados por la clase trabajadora, que era capaz de disponer por sí misma los modos de vivir, en los que predominaba el «nosotros» sobre el «yo» individualista, funcional al capitalismo.

Tabernas que oficiaban como refugio seguro para el diálogo político en plena dictadura, en las que se podía hablar en euskera con cierta confianza, ya que esos espacios estaban vedados para los soplones del régimen. Un conjunto de códigos y modos que surcaban las aguas seguras de las amplias regiones de la cultura de los sectores populares, entre el sindicato semi-clandestino, la ikastola, el mercado de barrio y hasta los clubes deportivos.

La cultura del consumo erradicó buena parte de estos espacios. Otros fueron «limpiados» por un Estado español dispuesto a bloquear todos los poros por los que esa cultura antagonista pudiera respirar y, por tanto, resistir las embestidas conjuntas del mercado y las instituciones españolas. El historiador británico E. P. Thompson nos recuerda cómo el sistema se empeñó en destruir, con minucioso empeño, todos los espacios de autonomía popular.

Creo que esta es una de las principales razones por las que no pueden tolerar una experiencia tan notable como Errekaleor.

El año pasado tuve la oportunidad de pasar una inolvidable jornada en este ex barrio obrero, reconvertido por estudiantes y militantes en un lugar habitado por pobres urbanos (a menudo inmigrantes) y por personas que buscan crear otro mundo por fuera de la lógica implacable de la acumulación capitalista.

Construido en la década de 1950 para albergar trabajadores de la industria provenientes de áreas rurales, Errekaleor cuenta con 192 viviendas donde vivían 1.200 personas. Cuando estaba en situación de abandono, con la esperanza de derribarlo para incorporar el espacio en la lógica de la especulación inmobiliaria, decenas de estudiantes comenzaron a ocupar las viviendas abandonadas, reabrieron y adecuaron el cine y el frontón, crearon una huerta y un gallinero, cocinan pan y avanzan un proyecto cultural que incluye un centro juvenil en lo que fue la iglesia católica. Funcionan además locales de grabación, una sala de conciertos, una biblioteca, un bar y una guardería.

fotoEl día de la visita, hace poco más de doce meses, eran 120 las personas que empezaban a vivir de otro modo, decidiendo en colectivo las reglas y los modos de hacer, trabajando duro para borrar las huellas de la decadencia edilicia y para producir y reproducir la vida. El mundo nuevo no se construye en base al reparto sino por medio del trabajo y la creación.

Encontré algunas características comunes con los movimientos latinoamericanos, como los piqueteros de Argentina y los sin tierra de Brasil, pero también con los indígenas: el arraigo territorial de las resistencias permite el despliegue de culturas diferentes a las hegemónicas y espacios de formación auto-controlados.

No creo que los movimientos que nacieron durante la crisis en Europa y en el Estado Español deban seguir los pasos de los de América Latina. Mi impresión es que reconstruyen viejas/nuevas lógicas, como las vecindades y el auzolan, que son los modos como los de abajo siempre hemos hecho las dos cosas que hacemos en todo el mundo: resistir a los poderosos y re-crear la vida en colectivo.

Estamos en una nueva etapa. Hemos transitado de la solidaridad europea con América Latina (tan importante en los años de la revolución sandinista), a un momento como el actual, de diálogo e intercambio entre movimientos. El inter-aprendizaje desplaza la ayuda al otro, con lo que la relación se trasmuta: partiendo de la solidaridad (que siempre implica una relación asimétrica) nos empezamos a relacionar como hermanos que resisten al sistema tejiendo las hebras del mundo nuevo.

L1506 Bizikleta asteburua Gasteizeraeo en los medios, porque estoy a miles de kilómetros, que les cortaron la luz y que el desalojo de sus moradores es «inminente». Es posible que la especulación inmobiliaria (y las infaltables «propinas» ligadas a ella) consiga sus objetivos. Pero dos cosas son seguras: no la van a tener nada fácil y, sobre todo, la dignidad de los de abajo nunca puede ser derrotada. Puede apenas sufrir retrocesos, porque la dignidad de los seres humanos no depende ni de cuestiones materiales ni de «relaciones de fuerza», como creen los profesionales de la política.

Siento que la solidaridad con Errekaleor es necesaria, imprescindible y una obligada actitud de sentido común. No por ellos que, finalmente, encontrarán los caminos para seguir adelante. Es por nosotros y por nosotras. Porque Errekaleor es un agujero en el sistema, una ventana que podemos agrandar y por la que podemos salir, de uno en una, en grupos o como sea, hacia un mundo otro que comienza a latir en nuestros corazones.

La experiencia de Errekaleor es un tesoro que debemos envolver en un pañuelo, como protegían nuestras madres los objetos valiosos; llevarla con cariño hacia otros espacios y esparcirla como semillas que germinarán, con tiempo y mucho esfuerzo, en las tierras más fértiles del campo popular, pariendo mundos nuevos.

En los nuevos territorios, el abono que hará germinar la «semilla Errekaleor» es el hermanamiento entre los de abajo, que es la fuerza motriz del mundo nuevo. Una fuerza capaz de resistir la violencia de arriba y zurcir las inevitables insuficiencias de los movimientos de abajo.

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